De cómo un niño se quedaba cada vez más flaco, y llamaron a los doctores.
Ocurrió hace no muchos años, en una aldea perdida de Galicia, que una mujer criando a su hijo se dio cuenta de que éste estaba cada vez más flaco. La madre preocupada lo contó a una vecina, quien le hizo notar lo abultados que estaban sus pechos: “Comer come-dijo la aldeana.- Si no, tú así no estarías.”
Pasaron los días y el niño no mejoraba. “Enormes tetas tiene, y el niño más flaco que un alambre!”
De cómo la culebra se bebía la leche de su madre.
Lo que los doctores no sabían era que la mujer tenía la costumbre de quedarse dormida con el pecho al aire después de la toma, y que en la habitación había una grieta por la que entraba cada noche una culebra, pequeña, de cabeza triangular y ojos rasgados: Una víbora. El animal se deslizaba en la cama y, subía por el cuerpo de la mujer hasta llegar al pezón, y allí se bebía la leche.
De cómo acudieron a casa de la meiga.
Cuando le contaron el caso a la vieja curandera, ésta examinó al niño primero y a la madre después, y como no vió causa aparente, se retiró a mirar sus cristales. En ellos vió el reflejo de una víbora, y después el de un esquilador que se acercaba a la aldea.
-“El remedio ya está en camino”, le dijo a la joven madre. “Pronto tu hijo empezará a engordar.”
De cómo la víbora entró en los corrales por el sueño de la meiga.
Le dieron la mejor de sus gallinas y la anciana soñó aquella noche con la culebra. En su sueño la llamaba y la hacía subir por su brazo izquierdo. Se dirigió entonces a la zona de los corrales, y allí la soltó con el brazo derecho. La víbora fue entonces a buscar leche de oveja. Lo que ella no sabía, es que al día siguiente tocaba esquilo.
De cómo el esquilador seccionó a la víbora en tres pedazos.
A la mañana siguiente llegó el esquilador, que llevaba su herramienta bien afilada, y practicaba una nueva técnica. –“Estas de hoy, me las hago en diez pases; a la hora del almuerzo ventilao!” Mientras rasuraba a una de ellas, vió entre la lana cortada un trozo de culebra, luego otro y después la cabeza: -“ ¡ Hostia , una víbora! Me cago en su madre, la suerte que he tenido!
Fue también la suerte del bebé que a partir de ese día pudo empezar a engordar, bebiéndose toda la leche que su Madre le daba. Este cuento se ha contao , con pepino y bacalao, va calao, caladito de pimpollos, este cordero quemao, y este otro cuento …
Sacabao!!
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Cristina Lartitegui.
Etiquetas: cuento, relato
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